El llamado

Su voz es inconfundible. No sólo cuando oímos a Morgan Freeman sabemos que algo importante nos quiere comunicar, sino que incluso llegamos a detenerlo todo para escucharlo. Hay una presencia en esa textura vocal que nos da provoca paz y nos hace sentir que él es el narrador de nuestra vida. El porqué de esta cualidad y don ha sido incluso estudiado por la ciencia, mientras que Hollywood se ha apropiado del sonido que surge de la boca del actor de cintas como Sueños de fuga, Golpes del destino y Todopoderoso, como lo más cercano que podemos tener a Dios conversando.

Irónico resulta saber que fue precisamente el aparato respiratorio el que puso en peligro la vida de Freeman, cuando a los 16 años sufrió neumonía, justo cuando ya provocaba hablar a los otros de sus primeros pasos como actor. A los 9 años ya era el estelar en su obra de la primaria en Mississippi, mientras que a las 12, cuando estudiaba en la secundaria de Tennessee, ganó un concurso de drama en una representación de radio para la estación local.

Freeman, hijo de una maestra de escuela y de un peluquero —quien murió de cirrosis cuando él tenía 23 años—, tuvo como familia más cercana a su abuela paterna que cuidó de él. Su niñez y pre-juventud fueron definidos por las constantes mudanzas que lo llevaron al escenario de Chicago, y aunque el ambiente era más artístico que nunca a su alrededor, él prefirió escuchar el llamado de las armas. Pronto se en listó en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. La precisión que mostrará años después en la pantalla proviene justo de esa facilidad de aceptar órdenes, así como de entender cómo se dan.

Esa marcha luego se convirtió en baile, cuando Freeman volvió a su país tras cuatro años de servicio, para mudarse a California y lo mismo estudiar baile en San Francisco, que actuación en la compañía de teatro Pasadena Playhouse. Fueron los años que Morgan disfrutó su cuerpo para comunicar sentimientos, con un entusiasmo que lo llevó hasta Nueva York a ser parte de la  Feria Mundial de 1964, para luego asaltar Broadway.

Y mientras los pies de Freeman comunicaron su sentir a inicios de la década de los año sesenta, los escenarios recibieron con los brazos abiertos a este nuevo talento. Obras como The Nigger Lovers de Viveca Lindfords sobre activistas civiles nómadas y la versión con actores afroamericanos de Hello Dolly!, imprimieron con grandes letras el nombre de Morgan en sus programas.

Morgan Freeman en El Chofer y la señora DaisyDos décadas después, en la arena teatral, el famoso reconocimiento Obie Award —entregado por la publicación The Village Voice— le otorgó a Freeman el premio como Mejor Actor por su interpretación del líder romano Coriolanus, en la obra del mismo nombre de William Shakespeare. Vinieron otras preseas, pero la que ni él mismo sospechaba, y que le anunció cosas buenas en su vida, fue su participación en El chofer y la Señora Daisy en 1987 sobre el escenario. Dos años después Freeman estaría nominado al Oscar por el mismo papel en la adaptación al cine del texto de Alfred Uhry.

 

Nuestra conciencia

A inicio de los años setenta, la televisión le dio una gran lección a Morgan Freeman y luego él a nosotros, en lo que luego se volvería una constante en sus roles como instructor de un sinfín de cosas. Fue en la serie Electric Company en la que el actor, entre 1971 y 1977 protagonizó centenares de sketches que usaban la comedia para enseñar gramática y habilidades de lectura. Su talento como mentor se adhirió al actor de voz gruesa para siempre.

Pero también la cualidad de hombre de barrio que Freeman portaba en sus huesos desde sus humildes inicios en la tierra de Mark Twain lo convirtieron en alguien que había que voltear a ver. Cuando en 1987 Morgan personificó a un “padrote” sospechoso de la policía en Street Smart, mientras el periodista Johnathan Fisher (Christopher Reeve) olfateaba sus pasos, la Academia de Hollywood le otorgó su primera nominación al Oscar.

Dos años después, esa misma habilidad de portar en pantalla el sentir del hombre común, hizo que Freeman pudiera enfundar el uniforme yankee de la Guerra Civil en Tiempos de gloria (1989), con un papel que lo acompañó a cruzar su aniversario número 50 y lo mostraba como un veterano que tenía mucho que decir sobre nuestro comportamiento como seres humanos. Ahí, sin tapujos y pelos en la boca, fue la voz firme que cuidó a sus hermanos afroamericanos frente a las órdenes de los capitanes blancos.

Ese mismo año, 1989, Freeman estrenó Lean on me bajo la dirección de John G. Avildsen (Rocky), desplegando su habilidad como tutor, encarnando a un maestro de la secundaria repleta de alumnos rebeldes en New Jersey. Mas lo que selló el año fue su capacidad para hacer brillar la sencillez y sabiduría de El Chofer y la Señora Daisy al lado de Jessica Tandy, filme por el que su compañera recibió el premio de la Academia, además de la producción total como Mejor Película.

A partir de entonces no hubo duda de que Freeman, además de enseñanza, representaba moralidad en la pantalla. En 1994, Sueños de Fuga le dio al actor la posibilidad de representar al reo Red, quien sirvió primero como embajador de la audiencia para preguntar al iluminado recién llegado preso Andy (Tim Robbins) sobre su capacidad de liberar su alma aún cuando están tras las rejas, volviéndose al final él mismo metáfora en vida del poder de la libertad y la esperanza.

Es en esa cinta basada en el cuento de Stephen King, en donde Freeman nos desarma por completo, ayudando al filme a elevarse a una casi experiencia religiosa con su manera de pronunciar cada enseñanza al paso de su personaje de Red, provocando milagrosamente  que millones de cinéfilos en la página cibernética IMDB.com (Internet Movie Data Base) consideren a Sueños de Fuga como la mejor película de la historia.

Y es que los personajes de Freeman siempre han poseído un halo especial, ya sea como mentor de guerra; como un soldado moro en Robin Hood: príncipe de los bandidos con Kevin Costner, o como el compañero de armas de Clint Eastwood en Los imperdonables. Y aunque no todos los pupilos de Morgan saben tomar las decisiones correctas como le ocurrió a Brad Pitt en Seven como su compañero detective, el veterano actor siempre está para proveer de una enseñanza casi bíblica a la moraleja de sus historias.

Lo mejor es que nos dejamos convencer por Freeman. Si él fuera catequista, seguro dejaríamos nuestro pasatiempo de fin de semana por irlo a escuchar. Hollywood lo sabe, e incluso ha aprovechado la presencia del actor como ese hombre sabio que le da peso a la trama y credibilidad al héroe, como en el caso de la saga Batman: el caballero de la noche, de Christopher Nolan (2008-2012).

El compromiso por campañas contra la pobreza, así como momentos en lo que ha alzado su voz contra el racismo y apoyado la cultura de inclusión, siempre han ido de la mano de la carrera de actor de Freeman, quien una vez más fue visto de abajo hacia arriba por la cámara cuando personificó al líder y campeón de la inclusión Nelson Mandela en Invictus (2009). Si hay un papel que Morgan nació para hacer, fue éste, y su quinta nominación al Oscar llegó para celebrarlo.

Si Mandela fue considerado padre de la humanidad moderna, Morgan Freeman también debió ser el mismo Dios, cuando se estrenaron las dos cintas de Todopoderoso (2003-2007) y él debió guiar los pasos de Jim Carrey y Steve Carell para encontrar sus talentos de servicio al prójimo. El propio Steven Spielberg lo llamó para darnos la moraleja de la sabiduría del Creador en el desenlace de su versión de La guerra de los Mundos (2005).

Y mientras la revista Time entrevistó a especialistas en lingüística, medios y psicología sobre por qué amamos tanto la voz de Freeman, explicándonos que nuestros oídos siempre se relajarán ante los tonos graves, firmes y pausados de voz, Morgan ha compartido más de una vez que el secreto está en bostezar mucho para relajar las cuerdas bucales y así hablar con un tono más grueso.

Morgan Freeman en Batman beginsPero nosotros bien sabemos lo que provoca Freeman cada vez que usa su voz, como un artista que sabe usar a la perfección su instrumento. Estuvo ahí cuando dio el grito a sus soldados en Tiempos de gloria, así como cuando inspiró dar lo mejor en el campo al capitán de rugby (Matt Damon) en Invictus, así como cuando le hizo recordar el legado de su padre al Batman de Christian Bale.

Si bien la voz de Morgan Freeman llega a la médula, es su ritmo, pausa y silencios lo que ayuda a que cada palabra importe. Cuando en Golpes del destino —por la que obtuvo ese Oscar como Mejor Actor de Reparto— escuchamos a Morgan mientras Hilary Swank entrena en su cotidianidad de mesera, sabemos que el actor sabe hablarnos de las pequeñas cosas, aquellas que tras de sí nos ayudan a encontrar nuestro sentido de existir.

En lo que podría ser calificado como la forma de hablar de Dios, Freeman consigue una hazaña igual de importante y trascendente. Nos hace escuchar nuestra propia voz y abrazarla como especial.

 

 

 

 

 

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